Soy Miriam,

y me he pasado media vida siendo la versión correcta, amable y servicial para todos. La primera en ofrecerse y la última en irse. Dando cada vez un poquito más para que me quisieran.

Y nunca era suficiente.

De pequeña creía que tener el armario ordenado por colores y tamaños era la manera de ganarme el amor de mi madre, así que de adulta buscaba la validación siendo ordenada y perfecta.

Qué ilusa.

Lo único que conseguí intentando ser "perfecta" fue enriquecer a un montón de psicólogos, terapeutas, naturópatas, astrólogos, osteópatas... Cientos de horas de terapia y libros de autoayuda con frases subrayadas como para empapelar la casa. Me sabía mis patrones al dedillo, me sabía el origen de cada herida y culpé mucho a mi madre de mis desdichas, todo sea dicho.

Con semejante máster en mí misma hice lo lógico: huir. Dejé mi ciudad natal y me mudé al pueblo en busca de mi sueño: huerto, gallinas, naturaleza, gente amable.

Spoiler: no cambió nada.

Resulta que el patrón se vino conmigo y ni siquiera ayudó con la mudanza.

Empecé en un trabajo nuevo y puse tanta ilusión que al poco me ascendieron. Tuve que preparar un proyecto en el que me dejé la piel: días enteros, cada detalle cuidado, repasado hasta la obsesión, pensando "esta vez sí que van a ver lo que valgo". Lo entregué y mi jefa me dijo:

"Ahí falta una coma."

Una coma.

A tomar por culo el armario por colores.

Puede parecer absurdo, pero para mí fue la prueba de que, hiciera lo que hiciera, nunca iba a ser suficiente. Y cuanto más me vaciaba para que me quisieran, menos quedaba de mí.

Lo peor no era la jefa, sino mi propia voz interna: "Algún día se darán cuenta de que no valgo." Así que, por si acaso, seguía fingiendo que era una persona correcta, amable y servicial.

Mi cuerpo llevaba años avisando: dolor de espalda, problemas intestinales, falta de sueño. Vivía en automático, que es una forma elegante de decir que no estaba.

Y yo, mientras, buscando la respuesta con la mente: pros y contras, leyes del espejo, la niña interior... ¡ja! Como si al cuerpo se le pudiera convencer con una hoja de Excel.

La salida no llegó con música épica de fondo. Llegó por las tripas, literalmente. Fui a una nutricionista y me enseñó a usar aceites esenciales. Me enganché. Me pasaba el día leyendo sobre ellos y untándome, y cuando no me quedaba piel libre, perseguía a mi familia para pringarla. Así que decidí formarme, y por ese camino llegó la psicoaromaterapia. Retomé mi formación en reiki, que había empezado años atrás. Y luego llegó la astrología, "esa tontería que predice el futuro y de la que no se puede vivir". Esa formación, combinada con PNL, me enseñó lo que era un anclaje.

¡Boom! La pieza que lo unía todo.

Lo demás fue llegando: un día ya no me dolía la tripa, otro dije que "no" temblando, otro dejé de pedir permiso. Y un día, como quien no quiere la cosa, me miré y pensé: "Anda. ¡Esta sí soy yo!" Con mis luces, mis sombras y mis mierdas, pero yo al fin y al cabo.

Ahora hago eso mismo con otras personas, pero sin tantos años de rodeos.

Soy aromaterapeuta, maestra de reiki (trabajo en la escuela donde me formé) y astróloga práctica.

De ahí nace El Anclaje Lunar: mi manera de unir esas tres piezas para que dejes de entender tu patrón con la cabeza y empieces a pararlo desde el cuerpo, antes de que decida por ti.

No vengo a decirte quién eres. Vengo a darte permiso para serlo.

Si algo de esto te ha sonado, no eres la rara. Y no eres el problema.