Soy Miriam.

Me pasé la vida adaptándome a lo que los demás querían. Siendo amable y dando cada vez un poco más para que me quisieran.

Y nunca sentí que fuera suficiente.

Hubo una empresa en la que preparé un proyecto con todo mi esmero. Le dediqué días, cuidé cada detalle, le puse toda mi ilusión pensando que merecía una felicitación: "esta vez sí que van a ver lo que valgo...". Lo repasé hasta la obsesión y cuando lo entregué:

"Ahí falta una coma"

Una coma.

Puede parecer una historia absurda, pero esa coma era la confirmación de que hiciera lo que hiciera nunca sería suficiente. Por más que me esforzara, no conseguía llenar el vacío. Cuanto más me vaciaba intentando que me quisieran, menos quedaba de mí.

Pero lo peor no era el trabajo, lo más doloroso era lo que me decía a mí misma, tragándome quien era, a cambio de una migaja que nunca llegaba.

Lo intenté todo

Estudié reiki, fui a mil terapias, cientos de libros de autoayuda llenos de colorines con frases subrayadas.

Entendía mis patrones.

Culpé mucho a mi madre de mis desgracias.

Creía que conocía el origen de cada fallo, de cada herida.

Así que lo cambié todo: dejé la ciudad, me mudé a un pueblo, monté la vida que había soñado.

Huerto, gallinas, naturaleza, silencio.

Spoiler: no cambió nada.

Porque el patrón no estaba en el sitio ni en el trabajo ni en la gente. Estaba en mí. Y volví a caer.

Otra vez desapareciendo para encajar. De nuevo la sensación de no valer nada.

Entender el patrón no me sacó de ahí.

Mi cuerpo llevaba años avisándome y yo no tenía ni idea de escucharlo.

Dolor de espalda. Las tripas revueltas. Vivir en automático, que es una forma elegante de decir que no estaba. Y yo intentando resolverlo con la cabeza: pros y contras, razonar, aguantar, ser fuerte.

El cuerpo no entiende de razones. Por eso no se le convence: se le habla en su idioma.


No hubo un despertar. Hubo un proceso, y fue lento.


Empecé con los aceites esenciales casi por casualidad, buscando otra cosa. Me formé en aromaterapia y descubrí la psicoaromaterapia. Volví al reiki, esta vez en serio. Y me permití estudiar astrología, eso que nunca me había dejado ni como hobby porque "es una tontería de la que no se puede vivir". Aquella formación combinaba astrología psicológica con PNL, y allí aprendí qué era un anclaje.

Esa fue la pieza que lo unió todo.

No cambió nada de golpe. Un día me encontré mejor. Otro día le puse un límite a alguien que llevaba años abusando de mi bondad. Otro día dejé de pedir permiso. Y un día, como quien no quiere la cosa, me dije: "Anda. ¡Esta sí soy yo!"

Ahora hago eso mismo con otras mujeres, pero sin los quince años de rodeos.

Soy aromaterapeuta, maestra de reiki —trabajo en la escuela donde me formé— y astróloga psicológica. De ahí nace El Anclaje Lunar: mi manera de unir esas tres piezas para que dejes de entender tu patrón con la cabeza y empieces a soltarlo desde el cuerpo.

No vengo a decirte quién eres. Vengo a darte permiso para descubrirlo.

Si algo de lo que te he contado te ha sonado familiar, no eres la única. Ni eres el problema.

En este vídeo te explico cómo salí de ahí y qué hago ahora con otras mujeres.